Fundadora

Era un 15 de agosto El Señor Párroco de la Iglesia de Chamberí, proyecta organizar una asociación que con el nombre de Siervas de María y bajo la protección de la Virgen de los Dolores, se dedique al cuidado de los enfermos, preferentemente en sus domicilios.

Presenta Manuela a Don Miguel sus deseos de incorporarse a la naciente obra y Don Miguel la admite para completar con ella las siete candidatas que ha fijado para iniciar la obra el 15 de agosto, ateniéndose así, en lo posible, al esquema de fundación de los siete Siervos de María, de cuya orden se profesa terciario. En el año 1851 y en ese día de la Asunción de Nuestra Señora, Manuela pasará a llamarse María Soledad. Como superiora de la naciente Institución es nombrada María de la Providencia, las otras seis se dedican sin reservas al cumplimiento de su delicada misión. Son los años escondidos de Madre Soledad; es eltiempo en el que el Espíritu va moldeando su alma. Libre de toda responsabilidad de gobierno, se entrega por entero al servicio de los enfermos; su paso por los hogares que visita, deja huella por su abnegación, su entrega, sencillez y su espíritu de sacrificio. Día tras día va descubriendo la grandeza de la misión a la que ha sido llamada, con la que se identifica plenamente y a la que ama sin reservas.
Por ser la más joven y la última de las asociadas, permanece en el anonimato, dedicada a descubrir en el rostro de cada enfermo, los rasgos de Cristo sufriente y a cuidarlo como Cristo se merece; se hace así experta en el respeto y en el amor hacia quienes Dios va poniendo en su camino. Pequeña de estatura, sencilla y humilde, como destinada a servir al hombre que sufre. Como María de quien se confiesa Sierva, guarda todo en su corazón y ora buscando la respuesta y el gesto que conforta y sostiene, mientras en su espíritu, siempre dócil, se va esculpiendo el talante y el perfil que constituye a la Sierva de María. Cinco años de recio y silencioso aprendizaje que la autorizan como Maestra y guía de la naciente Institución. La misión es tan hermosa como nueva en la Iglesia, al Fundador le falta la experiencia sobre la organización que la vida conventual lleva consigo y las candidatas carecen de esa formación tan necesaria para mantenerse en el nuevo género de vida que ha iniciado; no todas están curtidas para las dificultades que una fundación conlleva. Así es como las privaciones, la escasez material de los principios y las duras horas de trabajo dedicadas a la atención de los enfermos, acabarán con la resistencia de las seis primeras Siervas de María que figuraban como iniciadoras. A los cinco años de la fundación sólo la más joven, María Soledad, permanece fiel y segura en el nuevo camino iniciado. María Soledad, sola, porque hasta el fundador, dejará de lado lo que con tanta ilusión había iniciado, sintiéndose llamado a evangelizar las tierras africanas de Guinea, no sin antes embarcar en la misma empresa misionera a doce de las Siervas que constituyen la parte más activa de la Congregación. Don Miguel, con visión profética, le dirá a Madre Soledad: ··Quédate aquí Soledad, que si te vas la fundación perece··. Con temple recio y espíritu firme, supo sobreponerse a las mayores dificultades, sortear graves peligros, sufrir no pocas humillaciones, emprender grandes empresas, todo para sacar a flote el naciente Instituto a punto de naufragar. Ella cree firmemente en el futuro: ··La Congregación es obra de Dios. No, no puede morir, Dios mismo abrirá puertas de claridad…vendrán tiempos mejores·· Y llora y reza mientras resiste con santa terquedad: ··Seamos las últimas piedras que se desmorones de este edificio··. Sólo su inquebrantable confianza en Dios, sus ininterrumpidas plegarias, su ternura más que maternal, su celo y desvelo por custodiar a aquellas que el mismo Señor le había confiado como Hermanas e Hijas, fueron capaces de aunar voluntades desalojando de ellas rencillas, tensiones y desalientos. Se le encomendó una gran y delicada responsabilidad al ponerla al frente de la Congregación, y la asumió con sencillez y humildad, convencida de su pequeñez, pero con la firme resolución de no tambalear ni volverse atrás. En ella, humildad y trabajo se funden en la única y misma realidad, la caridad.

El año 1867, el Instituto recibe el Decreto de de Alabanza. A partir de este momento comienza una intensa e ininterrumpida acción fundacional, tan rica y fecunda que al llegar al final de su vida, cansada pero gozosa, deja a la Congregación con el repleto bagaje de 41 Comunidades, que no se limitan sólo a la Península española, sino que se extienden allende los mares, en un afán misionero imparable y que no conoce fronteras, razas ni condición social. Desde su fe inquebrantable Madre Soledad llevó a cabo la fundación de Valencia en plena revolución, siendo los primeros asistidos los heridos que se desangraban en las barricadas y a donde se encaminó el presidente revolucionario al percatarse que era la caridad sin distinciones políticas ni sociales la que movía a aquella sencilla mujer que solicitaba un permiso de fundación. Tampoco puso freno a sus deseos el hospedaje que el Obispo de Almería, Don José de Orberá, le dio a su llegada en el cementerio de la ciudad. Porque nunca para ella la muerte tuvo la última palabra. Allí se estableció y pronto, en el barrio de Belén, brotó la esperanza y surgió la luz y la vida a raudales. Madrid entero será su casa cuando el verano de1885, se hace presente el cólera morbo y, conforme la epidemia se propaga, así se dilata la acción caritativa de las Siervas de María. Ni tiene límites el contagio ni conoce enmarques geográficos de caridad, ni se tiene en cuenta los horarios de descanso mientras la epidemia no se detenga. Se multiplican las solicitudes desde diferentes puntos de la geografía española. Madre Soledad pone en primera fila a sus hijas y se despliega tanta generosidad y valentía para tender a los afectados que humanamente más no se puede esperar; muestra su buen sentido y de libertad de espíritu al lado de los consejos prácticos sobre alimentos, síntomas y medicación, dice a las Siervas que obren con energía y caridad, supeditando las Reglas a la urgencia de estos casos. En los meses de junio y julio la situación se agrava de tal forma que es imposible responder a tantas peticiones; Madre Soledad llora sintiéndose impotente para cubrir tanta necesidad. Las hermanas renuncian a dormir por ir de casa en casa. La Madre vacía el convento de ropas, alimentos y hasta del escaso dinero que les queda. Pone una especie de retén por la noche. Sobre colchones, en la portería, dormía ella y cuatro hermanas para atender los casos de urgencia que se presentaban y allí descansaban las que llegaban a deshora…todo para ganar tiempo a la devastación que el cólera sin descanso sembraba…todo para poner un signo de amor en tanta angustia y desolación. Era vigilante en el momento en que las hermanas volvían a casa para abrirles ella misma la puerta, atender a sus necesidades, escuchar sus preocupaciones y mirar por su descanso…Cuantos la conocían admiraban su entrega y veían en ella como si la misericordia y la cercanía de Dios llenara su vida y se desbordaran en su trato.

Junto a Madre Soledad, desde el inicio de la Congregación y en la consolidación de la misma, juegan un papel primordial tres insignes Sacerdotes Don Miguel Martínez y Sanz, iniciador del Instituto y director del mismo de 1851 a 1856. El Padre Gabino Sánchez OAR, quien sucediendo a Don Miguel en la Parroquia de Chamberí, recibe la encomienda del Arzobispo de Toledo de hacerse cargo de la Congregación de las Siervas de María, a punto de ser disuelta; y quien con clara inteligencia y gesto firme, redactando con Madre Soledad un Reglamento adecuado, encauza a la naciente Congregación por los caminos regulares. El Padre Angel Barra, OAR quien al ser nombrado en 1858, el Padre Gabino Capellán de la Encarnación, lo sucede en la dirección de las Siervas de María, siendo siempre un verdadero Padre para la Madre Soledad y para sus hijas. Murió en Chamberí en 1884. Sus restos se conservaban en la cripta de la casa Madre hasta que fueron profanados y quemados en la guerra civil española.

Era el mes de septiembre de 1887, Madre Soledad presiente que su fin está ya cercano, su confianza en Dios y su firmeza de voluntad, han acrecentado sus fuerzas y han dado una amplitud infinita a su horizonte, pero su frágil constitución comienza a resentirse y en su correspondencia de mayo de 1887, deja entrever que no se encuentra bien. Sus despedidas son todas muy parecidas: ··Sin tiempo ni ganas para más por hoy, pues tengo bastante cansancio y el pulso está algo mediano··. ··Sin tiempo, ni ganas para más, por estar unos días delicada…no puedo más··. ··No puedo más por hoy, hija mía en el Señor, tengo el pulso que no puedo continuar··. Se negaba a darse por vencida y reconciliarse con aquel pobre jergón de paja a ras de tierra en su celda, que sabía más de sus horas de vigilia que de sus cortos ratos de descanso. El 28 de septiembre se le manifiesta una fiebre alta, acompañada de gran fatiga y dificultad respiratoria que le obligan a acostarse. Aún intenta Madre Soledad por tres veces, levantarse para contestar unas cartas que tiene pendientes; la última vez está tan postrada que para alcanzar la cama tiene que ser ayudada por las hermanas; el día tres de octubre ella misma pide los sacramentos. El viático desea recibirlo a hora intempestiva, a fin de q  que no se apuren sus hijas y se le administra a las tres de la mañana del día cuatro. Es el 10 de octubre cuando toda la comunidad pasa a besarle la mano en señal de despedida, Madre Soledad, grabando con una mirada detenida el rostro y el alma de cada una de sus hijas presentes, les dice: ··Hijas mías, les pido que se tengan mucha caridad fraterna y que guarden bien las santas reglas··. Al amanecer del día 11 entra en agonía, pero se conserva lúcida; recogida, abandonada y alerta. Confiada porque toda su vida ha sido un hacer frente a la muerte, sabiendo que ésta es un paso hacia la vida; son las nueve de la mañana del día 11 de octubre de 1887, cuando expira con rostro apacible. Su vida se redujo a 61 años, cargados de sencillez, amor y valentía, pendiente de decir siempre Sí a Dios, convencida de que nunca se le iba a pedir nada superior a sus fuerzas y de que en cualquier propuesta, Dios iba siempre delante abriendo caminos. Sí, su vida fue un derroche de audacia y entrega, como es toda vida que ha experimentado que Dios nunca se deja vencer en generosidad porque nos sigue amando hasta el extremo.